Resopón
Pág. 80 | Mojar pan en las notas del móvil.
La barra de pan ha quedado en dos trozos irregulares y dentellados, rodeada de migas grandes y pequeñísimas sobre el papel de estraza. El trozo que falta lo he utilizado para rebañar las tres últimas notas de mi móvil. Y dicen así:
He dormido una siesta a las seis de la mañana y otra siesta a las ocho de la tarde. Y aquí me tienes (23:20h). El tiempo que ha flotado entre una y otra cabezada no ha sido denso y áspero como antes. Se ve que he adquirido la capacidad de sobrevolar lo inconcebible con aparente ligereza. Planeo sobre los días desde aquel lunes de julio como una tórtola. No sé en qué momento me he ido recubriendo de esta capa dura cuarteada, una pátina de aturdimiento, mitad sueño mitad carne con espinas. El tema es que este duermevela con el que salgo a la calle —no desde que soy madre sino desde que él dejó de venir los domingos— me hace ver el mundo con gafas de cerca. Cuando digo mundo me refiero al paseo entrepinado de mi barrio, la esquina turquesa y dorada de dos calles más abajo, esa orilla crujiente de la piel del salmón en la sartén, el banco añoso en el que me levanto la camisa y le ofrezco el pecho, todos esos limones que cuelgan como un montón de joyas del árbol de mi hermana, la merienda sobre la mesa, mis pies descalzos, la playa de siempre, el Laccao frío. Ojalá esta miopía que ahora me impide pensar más lejos sea crónica.
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De todas las recetas que he pensado en mi vida —y no han sido pocas—, ni por un momento pensé en lo que le cocinaría a mi hijo. El otro día, en una entrevista, me preguntaron si siento presión por cocinarle si tengo las expectativas altas si a veces pienso si seré suficiente como para hacerlo bien. Así, de carrerilla estas tres preguntas. Respondí rápido: «me gusta cocinar porque para mí es una expresión artística, lo hago sin presión». Quiero decir que cuando cocino lo hago sin expectativas, es el propio hecho de cocinar lo que me llena no solo el acto final de comer, ¿me explico? Pero ahora —tumbada en la cama viendo un vídeo de él comiendo una crema de calabaza (de calabaza y mi leche)— me pregunto si me va a querer como si no existiera nadie más en el mundo aunque se me queme la tortilla alguna vez. Las expectativas nacen solo de adulto, con las muelas del juicio y otras cosas que duelen y que, tal vez, tampoco sirven para mucho.
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Escucho a mis vecinos bañarse en la piscina. Son las diez y veinte de la noche. Mi marido entra de puntillas en la habitación y me dice que salga a ver la luna «que está naranja como un pomelo». Me levanto de la cama y la veo allí, tras la ventana de la cocina, iluminando el mar como un pomelo encendido. Pasa un barco atravesando la estela y pienso en James y el melocotón gigante. Vuelvo con una sonrisa a notar las sábanas frescas, mi pelo mojado sobre la almohada, la respiración rítmica y seseante de mi hijo. Qué día, pienso.
No hemos hecho nada extraordinario —no hemos salido de viaje, no nos hemos tirado en paracaídas, no hemos probado el restaurante del momento, ni nos hemos fundido la tarjeta comprando aquello que se supone que trae la felicidad: un bolso, un móvil, un yoquesé—.
Lo cotidiano es extraordinario.
Ha sonado el despertador a las 6:40h. Mi despertador ahora tiene unas piernas rechonchas, balbucea y hace rozar su piel dando vueltas de campana sobre las sábanas. Sonríe y me mira y me despierto del todo habiendo dormido a trompicones y le poso la mano en la nuca y le doy muchos besos. A las 7:30h ya estábamos vestidos. La calle se sentía fresca y el sol ondeaba sobre el aire amarillo caliente. He comprado cinco cocas de patata. Hemos parado a buscar a mi prima. El niño ha reído, después ha llorado y se ha dormido con un muñeco duro entre sus manos de juguete. Hemos llegado al campo, no eran ni las nueve. Mi madre había preparado tortilla y coca de pimientos y café, agua, la mesa bajo el árbol, el pan caliente, su sonrisa marchita, un montón de besos, las sillas en corro, el Laccao fresco, las fresas, una piscina pequeña. Y con todo esto nos hemos llenado. Hemos vuelto. Hemos comido otra vez. Hemos dormido la siesta. Hemos bajado a la calita. El agua cristal movedizo. El sol titileaba sobre las olas. Yo respirando con el pecho ancho y apretado, ancho y apretado. Se ha dormido. Hemos cenado restos. Me he reído como hacía tiempo por culpa del chichi de «Se tiene que morir mucha gente» de Victoria Martín. He escrito un poco. Y ha salido la luna. Jaime ha venido a decírmelo. Y otra vez.

LO COTIDIANO ES EXTRAORDINARIO, completamente de acuerdo contigo.
Me has emocionado tengo 3 hijos ya mayores el tiempo pasa demasiado ràpido, pero me identifico con todos esos flashes que lanzas.....acabo de cumplir 60..... ya no viven mis padres es lo más doloroso de mi presente, pero la vida sigue y con ella otros flashes otras lunas que contemplar otras escenas de amor cotidiano con mis hijos que van y vienen por el mundo que se les queda pequeño, me salieron muy viajeros.
Yo también tuve una teta siempre al aire alimentandolos y tardes de verano y siestas en las que el tiempo queda pendido en una hamaca..... Me encanta tu manera de expresarte. Besos