Nubes de azúcar
Pág. 75 | Sobre volver a nacer y sostener la cabeza.
No es mi sobremesa es la suya. Se ha soltado de la teta y se ha quedado acurrucado en mi axila durmiendo. Escribo sobre él. Encima de él quiero decir. Sus sobremesas son casi siempre mis pausas, ese tiempo estático en el que respira raro y calmado y sigue succionando la nada haciendo un ruido de suela de zapatos de goma. Parece que mi vida —la de antes— transcurra en sus cuatro o cinco siestas diarias, pero ni siquiera es así. Me las paso mirándolo o pensándome mientras le miro, ¿pero esto qué es?
Dije que no iba a ser de esas, que no iba a ser de estas. De las que hablan de su hijo, de las que hablan de maternidad, de cómo esta movida te sacude el cerebro y te cambia todo de sitio. Dije que yo no iba a ser una madre que hablara de ser madre pero aquí me tienes «soy otra». Me lo decía Mar —con los ojos abiertísimos— esta misma mañana sentada en el sofá de mi casa, frente a frente, su hija a sus espaldas, mi hijo en mi regazo, nuestros maridos a mi lado hablando de no sé qué de Mbappé para más tarde subirse a nuestros miedos. «Soy otra persona», le asiento. Ellos miran, no sé si lo entienden. ¿Han vuelto a nacer ellos también? Hace poco escribí en una nota del móvil que «cuando nace un bebé, nace también una madre». He nacido otra vez sin haber muerto. Soy otra, como me decía Mar —su hija tiene siete años, hace siete años que está aprendiendo a entender quién es esa persona que ahora habita su cuerpo. Su otra ella—. No sé explicarlo. Quizá, tres meses después, sigo inmersa en el parque de atracciones de las hormonas, subida a uno y otro cacharro flipando mientras alrededor hay ruido y muchas luces. Bocinas. Bajadas. Subidas. Tirurirutiruriru. Ranas. Látigos. Nubes de azúcar.
El viernes me escribió mi editora, le dije que sí.
Y ahora no sé qué queda en mí de aquella idea que tuve antes del embarazo. Aquella historia que boceté cuando era otra. Esa portada que imaginé ya no la pienso. A lo mejor ahora que he vuelto a nacer resulta que tengo que aprender a andar con otras palabras.
Él respira. Yo le miro. Todavía no se sujeta solo la cabeza. «Yo tampoco, hijo», le digo.


Me sentí tan identificada con tus palabras que sentí deseos de decírtelo. Yo creo que sigo en esa búsqueda de quién soy después de ser madre, por primera vez hace casi ocho años.
Proceso complicado Marta, el primer año, el más difícil, el de adaptación para todos. Pero luego, las hormonas, el tiempo, el mundo se tranquiliza, se vuelve más ágil. Se sigue llenando de amor infinito. Gracias por compartir tus palabras ✨