Hambre de mar
Pág. 76 | Sobre cómo sabe el calor tras el frío.
Ha entrado al horno del barrio y se ha quedado de pie a nuestro lado frotándose las manos como dos amapolas, el pelo canoso mojado, la cabeza nueva, las gafas algo enteladas, los ojos vivísimos, la piel de la cara firme y rasa, la cremallera del forro polar trepando por su barbilla, de la boca le salía una sonrisa enorme seguido de un «buenos días» como un amanecer —yo amontonaba con los dedos los restos de un cremadillo de chocolate sobre la mesa, a Jaime le quedaba café, el bebé hacía equilibrios sobre mi pierna— y le he contestado si ya había vuelto de nadar.
Mi vecino (aparenta unos cincuenta) nada todas las mañanas en el mar. Todas. De enero a enero. Quizá ayer no porque estuvo en Madrid, dice, que lo que le gusta de ir a Madrid es que sabe que va a volver a Mallorca. Va a no hacerle preguntas a su hermana. Nos cuenta, sin dejar de frotarse las amapolas, que los enfermos de alzheimer no toleran las preguntas porque tienen que rebuscar las respuestas como arqueólogos y se lían, que es mejor no añadirles interrogantes. Así que va, afirma todo lo que puede y vuelve, como a la cala de abajo de casa cada día a las ocho. Hoy antes, dice, a las siete estaba con las deportivas en la arena viendo salir el sol.
Me lo imagino entrando en el mar esta mañana mientras yo estaba dando de mamar por tercera vez a un cuerpo tierno y caliente. Me lo imagino notando los pies mojados y después las rodillas y después todo el cuerpo. Todos esos pequeños cristales pinchándole por todas partes, da brazadas coordinadas y sacude las piernas. Cómo saca la cabeza de lado para respirar y cómo entra el aire frío, la luz del sol, esa intermitencia de azules, cómo sonríe bajo el agua y deja de sentir los pies, el mar le sujeta las preocupaciones y todo flota: el cuerpo, los pensamientos… Pienso que solo podemos volar en el mar. Me lo imagino volando en el mar y escucho el tamborileo del corazón palpitándole como una fresa enorme, la piel enrojecida, los labios como dos lirios morados.
Le traen una infusión de la que sale humo bailando y una coca de patata redonda como una nariz —se abraza a la taza y me dan ganas de abrazarla a mi también—, de entre sus dos lirios suelta una semilla: «la vida es esto, tengo setenta años y te digo que la vida es levantarse salir a nadar sentir los cristales y después el calor».
Jaime y yo nos miramos. No nos decimos nada pero nuestros ojos dan brazadas.


Uy, qué maravilla de señor. Esa soy yo y mis deseos, volver a la playa a vivir para cada mañana cambiar la piscina por el mar, temprano y después, desayunar... Pocos placeres mejores. ¡Gracias! Abrazo